Relatos sagrados

Relatos sagrados

En su testimonio del campo de exterminio, Más allá del crimen y del castigo, Jean Améry anota que en Auschwitz tenían más capacidad de sobrevivir los prisioneros fortalecidos por creencias inquebrantables, religiosas o políticas: testigos de Jehová, rabinos ultraortodoxos, militantes comunistas. Para él, que era un hombre incrédulo y racionalista, un intelectual laico, el horror del campo no tenía límites, y el sinsentido lo minaba casi tanto como el hambre o la crueldad. Para los creyentes en un dogma sin incertidumbres, en una visión completa y cerrada del mundo, el sufrimiento extremo encajaba de un modo u otro en un devenir providencial establecido por Dios o por la necesidad histórica. Al solitario la persecución lo anula sin dificultad; al creyente le fortalece en su fe y lo une más todavía a la comunidad de los otros fieles, al grupo escogido de los mártires y los héroes. El perseguido es también el elegido. En último extremo su sacrificio encontrará recompensa en la vida eterna, o en su equivalente marxista, el paraíso comunista al final de la historia. A Jean Améry ni su talento literario ni su sofisticación intelectual le sirvieron de mucho. Judío sin fe, superviviente sin orgullo, se suicidó en 1978. En un libro apasionante de erudición histórica y fuerza imaginativa, La creación de lo sagrado, dice Walter Burkert: “La dominación opresiva es más fácil de soportar si el opresor a su vez es oprimido por un dios… Una respuesta última, aunque no empírica, a la dolorida pregunta ‘¿por qué?’ puede hacer tolerable la aflicción”.

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